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lunes, 4 de marzo de 2019

"Mi querido Torturador" por Manolo el Payaso


Por Manolo... 
Saco un sólo fósforo, prendió uno y me lo acercó tanto a la cara que sentí el calor. Luego encendió un cigarrillo y dio dos o tres caladas.
Una vez enfundada las cerillas en la pitillera y guardada en el bolsillo le correspondí con un gracias. Me le quedé mirando.
 ¿ Le conocía?. Claro que le conocía. No se me ha olvidado nunca esa mirada carroñera. Aunque viejos éramos los dos y había pasado más de treinta años. Esa mirada sucia, fria, sin sentimiento se clava en el alma y no desaparece. 
Esas noches en vela. El despertar de madrugada sudoroso, con violentas palpitaciones, pesadillas por aquel día. No se pasan las llevaré a la tumba. Me rompió literalmente y me rompió la vida este señor que tengo frente a mi. Y muy educado me da un cigarro. Ya no fui el mismo. Desde ese viernes 8 de marzo.
 Se había convocado una manifestación feminista, festiva. A mitad del recorrido unos infiltrados, pagados empezaron a liarla parda. Rompiendo mobiliario urbano, tirando a la policía de todo. Yo estaba en medio del alboroto. Si hubiese estado situado más atrás o en cabecera. No me habría tocado las carreras, cargas con saña la rabia. Y me detuvieron sin haber lanzado un sólo adoquín ni insultado a nadie. Mala suerte. A otros les toca la lotería. A mi los calabozos. 

  Encorvado, caminaba con bastón. Y un gañán marrón grueso abrochado hasta el cuello. Tampoco hacía tanto frío. La cara muy arrugada, los surcos de la maldad. Yo estaba más derecho sin necesidad de apoyo. Un pasito para cansar las piernas y a cenar descansar y entretenerme con la radio. Pantalones viejos, sucios, negros. Chaqueta negra, roida, jersey negro dos tallas mayor roñoso.  Es toda la indumentaria. Pobre soy. A partir de aquel aciago suceso. Todo vino cuesta abajo y sin frenos. Detención, despido, divorcio,   fuera de casa. En la mendicidad me amoldé. Por el buen señor con autoridad que machaca sin más. 
En estos últimos años un buen compadre me deja un local vacío para descansar. Una mínima pensión. Y algo de chatarra. Con eso me valdeo. A si voy esquivando la amargura. Jovial, dicharachero, alegre era. 
Un muñeco estropeado. Roto soy. Si ahorro un poquito me aseo y un caprichito me doy. 

Le volví a interrumpir su marcha.
Manolo- ¡ Gracias!
Pablo- (uraño y parco)- ya medio las gracias,  no sea pesado.
M- ¡ Gracias!. Por el cigarro y por lo de antaño.
P-¿ Qué dice usted? ¿ le conozco de algo?
M- Si. Yo le conozco muy bien como un longevo matrimonio.
P- ¡ Usted está loco! Déjeme, tengo prisa.         (empujándome).
M- Quieto, le pondré al día. ( le contó todo, saltándole las lágrimas de impotencia).
P- Delira. Yo no soy ese. Se equivoca. Estoy mayor para recordar a la gente que ha pasado por mi vida.
M- (tranquilamente) Usted tiene un tatuaje en la mano derecha. Un águila chiquita entre el pulgar y el índice. ( cogiendole la mano). La recuerdo todas las noches. Cada vez que me pegaba, me hacía la bañera, me ataba cabeza abajo y los pies me desollaba. Sólo veia   al águila. Mirela. Esta es. Peculiar. Ando un poco más erguido que usted. Mi querido torturador. Le puedo arrebatar el bastón, ponerle a golpes, reventarle la cabeza. Como hizo con un pobre ignorante e inocente. Pero no. Eso sería fácil. Sólo le diré gracias por lo que hizo.
P- Ande vallase o llamo a los compañeros. (colorado, tartamudeando).
M- Si me iré y largese usted. Pero sepa si le queda algo de humanidad. Que gracias al sufrimiento infligido por usted he llegado a ser feliz.
¡ Adiós, hasta nunca!. Sólo desearle que su dinero se lo gaste en botica.
Se separaron cada uno por su camino. Ese mismo que no debería haberse cruzado nunca.


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